Una de las principales influencias para el pensamiento de
los Neo-Conservadores (Neo-Cons) del círculo cercano a George W. Bush, mejor conocidos
como los “halcones” (por ser agresivos defensores de la guerra), es el
pensamiento de Carl Schmitt. Asumiendo
el riesgo de sobre-simplificar en extremo sus ideas (y dejando a un lado su temporal
afiliación Nazi), Carl Schmitt defendió la idea de que la democracia
representativa era un instrumento ya caduco para el ejercicio correcto del
poder, pues las instituciones y los ejercicios que promovía disipaban y de
alguna forma disolvían la intensidad con la que debe ejercerse el poder. En otras palabras, Schmitt creía en la
superioridad de un sistema de poder autoritario y centralizado, idealmente una
dictadura, pues de esta forma se aseguraba un estado efectivo.
¿Pero cómo regresar a un estado autoritario cuando una
sociedad ya se ha ido acostumbrando a una vida políticamente más abierta? La respuesta de Schmitt es clara:
construyendo un enemigo en común. Si
existe un enemigo público que afecta a
la gran mayoría por igual, y especialmente si este enemigo pone en riesgo su
integridad física o su propiedad, la población estará dispuesta a ceder una
parte de sus derechos “liberales” en favor de su seguridad. ¿Y cuál es la mejor manera en la cual el
estado puede operar un ejercicio de este tipo? Declarando la
guerra a este gran némesis.
En el caso de los “Neo-Cons” norteamericanos, el enemigo fue
el terrorismo, y la acción fue justamente la “Guerra contra el Terrorismo”
declarada por George W. Bush. Nótese que
en este caso es particularmente útil el hecho de que el terrorismo es un signo
sin definición clara, lo cual permitió al gobierno norteamericano incluir en su
definición a todo tipo de prácticas que le eran ideológicamente contrarias. De esta forma pudieron usar un mismo discurso
para unir acciones tan disímiles como la invasión de Irak, la eliminación de
una gran cantidad de derechos individuales y privados que los ciudadanos de
EEUU daban por sentado, e incrementar el gasto militar de una forma abrumadora. Sin embargo, en todos los casos Schmitt
argumenta que para mantener estable la categoría de lo político es necesaria la
definición de la bipolaridad amigo-enemigo, lo cual en términos prácticos
significa definir quién es el enemigo, es decir, encarnarlo. Considerando los objetivos que buscaba el
equipo cercano a Bush, los árabes resultaron un grupo ideal, pues proveían a la
vez a un “otro” claro en relación al ciudadano norteamericano promedio, pero a
la vez tan heterogéneo (el mundo árabe así lo es) como para poder ser expandido
según las necesidades políticas coyunturales.
Todo lo anterior lo comento pues me parece que es esencial
para comprender lo que sucede hoy en día en México con la famosa “Guerra contra
el Narco”. No es para nadie noticia que
Felipe Calderón tomo posesión de la Presidencia entre acusaciones de fraude, y
con una legitimidad y gobernabilidad casi nulas. Es también ampliamente reconocido que esta
fue la principal razón por la cual apenas habiendo calentado la silla
presidencial, ya estaba disfrazado de militar declarando una Guerra contra el
Narcotráfico que nunca había sido mencionado abiertamente durante su campaña. Lo que creo que es esencial sacar a relucir es
que esta guerra se lanzó por motivos totalmente circunstanciales y que en nada
tuvieron nada que ver con la problemática del narcotráfico en el país.
Esto significa dos cosas que me parecen particularmente
graves. La primera es que fue una guerra
declarada de improviso y sin estrategia alguna, contra lo que en realidad es
una fuerza con poder letal real (como es el narcotráfico), y en donde nunca
existió la consideración de que la población quedaría atrapada, literalmente,
entre las balas cruzadas. Es más, era
una guerra que desde su incepción, entre más lograra que la población se sintiera
insegura, más efectiva resultaría. El
punto número dos es un corolario de lo anterior, y es que es una guerra que
jamás se buscó ganar. Nuevamente, él
que crea que cuando se lanzó esta cruzada se tenía en mente una posible
victoria, no entiende la visión de Carl Schmitt, heredada a Calderón vía el
neo-conservadurismo norteamericano, ya que para ellos el estado de guerra
permanente es el estado ideal para poder mantener a la población a la defensiva
y dispuesta a aceptar lo que se les demande.
De hecho, el argumento más plausible es que la única razón por la cual
fue lanzada esta guerra fue justamente para poder definir al enemigo común
detrás del cual el pueblo mexicano entero se uniera, y así legitimar todo el ideario
político-económico que el equipo de Calderón traía consigo (y que requería de
una muy elevada legitimidad que simplemente no tenían).
Claramente la receta de Schmitt, en su versión
norteamericana, fue la que se decidió
tomar, sin embargo nuestros cocineros locales resultaron ser mucho más burdos,
por no decir cobardes, que sus contrapartes del norte (a final de cuentas se
requiere de cierto grado de coraje para decir con el cinismo característico de
George W. Bush o de Dick Cheney que estaban “salvando a la civilización
occidental”).
En primer lugar, Calderón nunca contó con un “Big Bang” que
le sirviera como lanzamiento para su declaratoria de guerra (como lo fue el 11
de septiembre en NY). Esto significó
que, a pesar de que desde un inicio Calderón declarara al narcotráfico como el
enemigo principal de la sociedad mexicana, en su discurso tanto de campaña como
en los discursos alternos de su partido se incluían enemigos alternos como eran
López Obrador (el peligro para México), los homosexuales y los grupos que
defienden los derechos reproductivos de la mujer (peligros para las familias
mexicanas), inclusive los “catastrofistas” (aquellos que con su discurso
negativo eran un peligro para la economía mexicana). Así
que desde un inicio el plan de Calderón se armó sin bases sólidas pues,
para lograr que la lógica de Schmitt prevalezca es necesaria una distinción
clara entre amigo y enemigo, y en México todos éramos parcialmente enemigos,
con la excepción del círculo cercano de Calderón.
A partir de este punto todo fue de picada. La declaratoria de guerra de hecho desestabilizó
el delicado balance que existía en un país donde el crimen organizado no solo
estaba tan generalizado, sino que inclusive estaba institucionalizado al punto
de que prominentes miembros de la élite económica y política del país debían
sus fortunas al mismo. Recordando la
famosa frase de la película El Padrino, “detrás
de cada gran fortuna hay un gran crimen”, en México lo mismo se reproduce por
todos los niveles de influencia del país.
En otras palabras, una guerra contra el crimen organizado, o se
convertía en una guerra fratricida (como en parte lo es), o se convertía en una
guerra sin enemigos (como en parte también lo es).
Por otra parte, la estrategia discursiva de declarar al “otro”
como un enemigo contra quien todos debemos de unificarnos en pos de su
destrucción es un arma de doble filo en manos de un partido, el PAN, tan
friccionado que no tiene un objetivo político claro (más allá del deseo de
poder de pequeños grupúsculos). Así que en las elecciones se promovieron alianzas con el PRI y contra el PRD por ser el gran
enemigo; después se promovieron alianzas
con el PRD y contra el PRI por ser este ahora el gran enemigo; se permitió que
los sectores más ultraconservadores
lanzaran acusaciones de que los grupos en defensa de los derechos de los
homosexuales o a favor del aborto eran más nocivos (e incluso genocidas) que
los narcotraficantes, etc. A final de cuentas
dejó de quedar claro por qué estamos enfrascados en una Guerra contra el
Narcotráfico, que ha traído un número abrumador de muertos, si el mismo
gobierno que declaró la guerra tiene tantas dificultades para poder hacer
entender quiénes son los narcotraficantes, y por qué exactamente son tan
peligrosos para todos (ya que parecen solo matarse entre sí) como para enfocar
toda la energía del país en esa dirección.
Tal vez una de las grandes ironías de esta tragedia es que
después de haberse intentado disfrazar de Neo-Con por tanto tiempo, ahora
Calderón da una brusca vuelta en U y pretende querer unificar al país en un
diálogo productivo. Justamente, como mostramos
al inicio, lo que ahora intenta es absolutamente contradictorio con las
posiciones que lo llevaron a la coyuntura negativa en la que se encuentra
ahora. Esto parecería un paso en la dirección
correcta si no fuera porque le sucede lo que al niño que grito que venía el
lobo, y cuando este al fin llegó, nadie le hizo caso. Hoy en día, y tras haber acusado de traidores
a la patria a prácticamente todos los mexicanos en un momento u otro, nadie está
dispuesto a sentarse a dialogar con el gobierno.
Para encontrar el otro hilo irónico, uno mucho más
tenebroso, solo es necesario voltear al norte.
Ahora que Barack Obama declaró finalizada la intervención norteamericana
en Irak, y que EEUU lucha por hacer un control de daños que minimice el efecto de
su desastrosa campaña en el Medio Oriente, nuestro gobierno les ha provisto de
un maravilloso nuevo enemigo: el mexicano.
De pronto ya no son los árabes quienes tienen a la civilización
americana en el borde de su extinción, sino los mexicanos quienes, como
inmigrantes (robando empleos, usando sus recursos, cargando enfermedades
extrañas) o como narcotraficantes amenazamos el “american way of life”. No sorprende que ahora que las tropas
americanas están siendo retiradas de Baghdad y Fallujah, estén siendo
reubicadas en la frontera con México.
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