Denise Dresser:
Llamado a hablar mal de México
Agosto 30, 2009
Y en los tiempos oscuros,
habrá canto? Sí. Habrá el canto sobre los tiempos oscuros —Bertolt
Brecht Hace unos días, el presidente Felipe Calderón criticó a los
críticos y convocó a hablar bien de México: “Hablar bien de México, de
las ventajas que México tiene … es la manera de construir,
precisamente, el futuro del país”. Y de allí, siguiendo su propio
exhorto, pasó a congratularse porque la tasa de homicidios por cada 100
mil habitantes aquí es más baja que en Colombia, Brasil, El Salvador o
Nueva Orleans. Las ventajas de México quedarán claras cuando decidamos
hablar bien del país, concluyó.
Escribo ahora para pedirte —lector o lectora—- que hagas exactamente
lo contrario a lo que el Presidente exige. Escribo ahora para
recordarte que el estoicismo, la resignación, la complicidad, el
silencio, y la impasibilidad de tantos explican por qué un país tan
majestuoso como México ha sido tan mal gobernado. Es la tarea del
ciudadano, como lo apuntaba Gunther Grass, vivir con la boca abierta.
Hablar bien de los ríos claros y transparentes, pero hablar mal de los
politicos opacos y tramposos; hablar bien de los árboles erguidos y
frondosos, pero hablar mal de las instituciones torcidas e corrompidas;
hablar bien del país, pero hablar mal de quienes se lo han embolsado.
El oficio de ser un buen ciudadano parte del compromiso de llamar a
las cosas por su nombre. De descubrir la verdad aunque haya tantos
empeñados en esconderla. De decirle a los corruptos que lo han sido; de
decirle a los abusivos que deberían dejar de serlo; de decirle a
quienes han expoliado al país que no tienen derecho a seguir
haciéndolo; de mirar a México con la honestidad que necesita; de
mostrar que somos mejor que nuestra clase política y no tenemos el
gobierno que merecemos.
De vivir anclado en la indignación permanente: criticando,
proponiendo, sacudiendo. De alzar la vara de medición. De convertirte
en autor de un lenguaje que intenta decirle la verdad al poder. Porque
hay pocas cosas peores —como lo advertía Martin Luther King— que el
apabullante silencio de la gente buena. Ser ciudadano requiere entender
que la obligación intelectual mayor es rendirle tributo a tu país a
través de la crítica. Ahora bien, ser un buen ciudadano en México no es
una tarea fácil. Implica tolerar los vituperios de quienes te exigen
que te pases el alto, cuando insistes en pararte allí. Implica resistir
las burlas de quienes te rodean cuando admites que pagas impuestos,
porque lo consideras una obligación moral. Lleva con frecuencia a la
desesperación ante el poder omnipresente de los medios, la
gerontocracia sindical, los empresarios resistentes al cambio, los
empeñados en proteger sus privilegios.
Aun así me parece que hay un gran valor en el espíritu de oposición
permanente y constructiva versus el acomodamiento fácil. Hay algo
intelectual y moralmente poderoso en disentir del statu quo y encabezar
la lucha por la representación de quienes no tienen voz en su propio
país. Como apunta el escritor J.M. Coetzee, cuando algunos hombres
sufren injustamente, es el destino de quienes son testigos de su
sufrimiento, padecer la humillación de presenciarlo.
Por ello se vuelve imperativo criticar la corrupción, defender a los
débiles, retar a la autoridad imperfecta u opresiva. Por ello se vuelve
fundamental seguir denunciando las casas de Arturo Montiel, los
pasaportes falsos de Raúl Salinas de Gortari, las mentiras de Mario
Marín, los abusos de Carlos Romero Deschamps, el escandaloso Partido
Verde, los niños muertos de la guardería ABC y los cinco millones de
pobres más. No se trata de desempeñar el papel de quejumbroso y
plañidero o erigirse en la Cassandra que nadie quiere oir. Ni de llevar
al cabo una crítica rutinaria, monocromática, predecible. Más bien un
buen ciudadano busca mantener vivas las aspiraciones eternas de verdad
y justicia en un sistema político que se burla de ellas. Sabe que el
suyo debe ser un papel puntiagudo, punzante, cuestionador. Sabe que le
corresponde hacer las preguntas difíciles, confrontar la ortodoxia,
enfrentar el dogma. Sabe que debe asumirse como alguien cuya razón de
ser es representar a las personas y a las causas que muchos preferirían
ignorar.
Sabe que todos los seres humanos tienen derecho a aspirar a ciertos
estándares decentes de comportamiento de parte del gobierno. Y sabe que
la violación de esos estándares debe ser detectada y denunciada:
hablando, escribiendo, participando, diagnosticando un problema o
fundando una ONG para lidiar con él. Ser buen ciudadano en México es
una vocación que requiere compromiso y osadía. Es tener el valor de
creer en algo profundamente y estar dispuesto a convencer a los demás
sobre ello. Es retar de manera continua las medias verdades, la
mediocridad, la corrección política, la mendacidad.
Es resistir la cooptación. Es vivir produciendo pequeños shocks,
terremotos y sacudidas. Vivir generando incomodidad. En alerta
constante. Sin bajar la guardia. Alterando, milímetro a milímetro, la
percepción de la realidad para así cambiarla. Vivir, como lo sugería
George Orwell, diciéndoles a los demás lo que no quieren oir.
Quienes hacen suyo el oficio de disentir no están en busca del
avance material, del avance personal o de una relación cercana con un
diputado, un delegado, un presidente municipal, un Secretario de Estado
o un Presidente. Viven en ese lugar habitado por quienes entienden que
ningún poder es demasiado grande para ser criticado. El oficio de ser
incómodo no trae consigo privilegios, ni reconocimiento, ni premios, ni
honores. Uno se vuelve la persona que nadie sabe en realidad si debe
ser invitado, o el colaborador de una revista a la cual le recortan la
publicidad. Pero el ciudadano crítico debe poseer una gran capacidad
para resistir las imágenes convencionales, las narrativas oficiales,
las justificaciones circuladas por televisoras poderosas o Presidentes
porristas. La tarea que le toca —te toca— precisamente es la de
desenmascarar versiones alternativas y desenterrar lo olvidado. No es
una tarea fácil porque implica estar parado siempre del lado de los que
no tienen quién los represente, escribe Edward Said.
Y no por idealismo romántico, sino por el compromiso con formar
parte del equipo de rescate de un país secuestrado por gobernadores
venales y líderes sindicales corruptos y monopolistas rapaces. Aunque
la voz del crítico es solitaria, adquiere resonancia en la medida en la
que es capaz de articular la realidad de un movimiento o las
aspiraciones de un grupo. Es una voz que nos recuerda aquello que está
escrito en la tumba de Sigmund Freud en Vienna: “la voz de la razón es
pequeña pero muy persistente”.
Vivir así tiene una extraordinaria ventaja: la libertad. El enorme
placer de pensar por uno mismo. Eso que te lleva a ver las cosas no
simplemente como son, sino por qué llegaron a ser de esa manera. Cuando
asumes el pensamiento crítico, no percibes a la realidad como un hecho
dado, inamovible, incambiable, sino como una situación contingente,
resultado de decisiones humanas. La crisis del país se convierte en
algo que es posible revertir, que es posible alterar mediante la acción
decidida y el debate público intenso. La crítica se convierte en una
forma de abastecer la esperanza en el país posible. Hablar mal de
México se vuelve una forma de aspirar al país mejor.
Esta es una posición vital extraordinariamente útil pero heterodoxa
en un lugar que cambia, pero muy lentamente debido la complicidad de
sus habitantes y sus gobernantes. Porque hay tantos que parten de la
premisa: “así es México”. Tantos que parten de la inevitabilidad.
Tantos que parten de la conformidad. Ya lo decía Octavio Paz: “Y si no
somos todos estoicos e impasibles —como Júarez y Cuauhtémoc— al menos
procuramos ser resignados, pacientes y sufridos. La resignación es una
de nuestras virtudes populares. Más que el brillo de nuestras victorias
nos conmueve nuestra entereza ante la adversidad. Allí está nuestro
conformismo con la corrupción cuando es compartida. Nuestra propensión
a compararnos hacia abajo y congratularnos —como lo hace Felipe
Calderón— porque por lo menos México no es tan violento como la ciudad
de Nueva Orleans.
Ante esa propensión al conformismo te invito a hablar mal de México.
A formar parte de los ciudadanos que se rehusan a aceptar la lógica
compartida del “por lo menos”. A los que ejercen a cabalidad el oficio
de la ciudadanía crítica. A los que alzan un espejo para que un país
pueda verse a sí mismo tal y como es. A los que dicen “no”. A los que
resisten el uso arbitrario de la autoridad. A los que asumen el reto de
la inteligencia libre. A los que piensan diferente. A los que declaran
que el emperador está desnudo. A los que se involucran en causas y en
temas y en movimientos más grandes que sí mismos. A los que en tiempos
de grandes disyuntivas éticas no permanecen neutrales. A los que se
niegan a ser espectadores de la injusticia o la estupidez. A los que
critican a México porque están cansados de aquello que Carlos Pellicer
llamó “el esplendor ausente”. A los que cantan en la oscuridad porque
es la única forma de iluminarla
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